La familia de Antonio y Verónica se ha mudado desde Madrid a Sepúlveda (Segovia), un «ahora o nunca» en el que han escogido la vida rural que deseaban
El pequeño Iago (cuatro años) vigila por la rendija de la puerta, que queda entreabierta. Recibe con un chillido de emoción y corre hasta el salón, donde su hermano de nueve años, Hugo, termina los deberes. Se mudaron a este piso el pasado octubre, cuando sus padres, Antonio Benito Navares y Verónica Arribas Fernández, tomaron una importante decisión para los cuatro: dejar Coslada (Madrid), en la que vivían desde hace una década, y embarcarse en un «ahora o nunca» para vivir en el pueblo segoviano de sus orígenes y de sus amores, Sepúlveda.
Ambos cuentan que siempre han querido volver, pero que eran conscientes de que no podían hacerlo sin opciones de trabajo y lo capeaban con fines de semana y veranos. Así que el cambio de vida llegó a partir de una propuesta laboral para Antonio, que se dedica a instalar fibra óptica. «Me dijeron: 'Queremos personal de fijo en Segovia, a ti que eres de allí, ¿te interesa?'», rememora. Enseguida lo comentó con su esposa, vieron que era «el momento oportuno» para ellos y en menos de quince días todo estaba en marcha. Ahora ese paso adelante se ha visto reforzado por una ayuda de la Junta.
«Al principio da vértigo, porque dejas tu casa y lo que conoces, pero quien no arriesga no gana, y creo que hemos ganado», sonríe Verónica, que añade que ahora animan a sus amigos a venirse al pueblo. «La verdad es que la gente nos dice que qué suerte tenemos, pero claro, es tan difícil dejar todo y dar el paso...», reconoce. Ella misma ha renunciado a su trabajo en una escuela y, aunque se plantea emprender, contarle a una jefa que es también amiga que se marchaba se le hizo duro, admite. Conlleva muchas ventajas, pero el asunto tiene la complejidad de las coordenadas vitales de una familia entera, porque afecta a trabajo, estudios, vida social o logística.
A quien más le ha costado despedirse de su vida anterior es a Hugo, el mayor de los niños. En su día dijo que era «la peor decisión» que podrían haber tomado. Ahora se encoge de hombros. Sigue echando de menos a sus amigos, pero puede que vengan a verle en verano, y tiene libertad para moverse solo por el pueblo, «algo que en Madrid es impensable», realza Antonio.
Asociaciones y marionetas: el lema 'Ven a reír, ven a vivir' hecho realidad
Verónica se marchó del pueblo hace 19 años para estudiar magisterio musical en Segovia. Luego, ya saliendo con Antonio, lo laboral les llevó a Madrid y, en este punto, ha sido ella la que ha dado un salto de fe en el trabajo, uno de esos grandes pilares que permite –o no– residir en el campo.
«Cuando vine aquí me dije 'se me ha parado la vida', pero gracias a todas las asociaciones del pueblo he visto que puede ser una oportunidad», explica. Mientras le da forma a sus propios proyectos, ha participado en iniciativas como el festival del 'Corderitititito', de humor y marionetas, algo que le ha hecho «mucha ilusión» porque se ha presentado con el lema 'Ven a reír, ven a vivir', una llamada a instalarse en Sepúlveda que resuena especialmente en su presente y que ejemplifica el movimiento que existe en la localidad.
La pareja era consciente de que cada año que pasase sería más difícil moverse con unos pequeños que lo son cada vez menos. Pero por ahora, Sepúlveda cubre sus necesidades, con colegio y Secundaria, además de bares, un campo de fútbol que también es punto de encuentro, una potente vida asociativa y comunitaria o el kiosco de 'El goloso', la perdición del benjamín de la familia. Los niños hacen deportes como extraescolar y también se han apuntado a la escuela de música. Sus padres valoran si volver a la charanga de su juventud, en la que «saltó la chispa» entre ambos. Se suman a los pros los impresionantes parajes de las Hoces del Duratón, que prometen excursiones para ver corzos y días de piragüas.
Para más servicios, cuentan que pueden hacer 35 minutos de coche hasta Aranda de Duero (Burgos) o 45 minutos para llegar al dentista o al hospital en Segovia, que es a la ciudad a la que más recurren. Pero «si digo la verdad, aún no hay nada que haya echado demasiado en falta», se sincera Antonio, y Verónica asiente. «No tenemos cine o sushi, pero hay muchas cosas», ejemplifica ella. «Se nota el cambio en la inmediatez de las cosas, en no poder pedir comida un domingo, pero son cosas muy puntuales, de capricho y consumo», apunta.
En ese lado positivo de la balanza se sitúa una mayor cercanía a familiares como los padres y abuelos o las hermanas y tías de los cuatro, una situación agradable en sí, además de práctica a nivel de conciliación. El matrimonio también destaca relaciones más cercanas e «intergeneracionales» con sus vecinos. También menos ratos perdidos en atascos. «Las prisas, ir corriendo a todos lados... Hemos ganado tiempo», refieren. Y notan un mayor desahogo económico. Después de «pasar sudores» para vivir en una gran ciudad, aquí sienten que no necesitan unos ingresos tan altos para mantenerse.
Un 'empujón' de la Junta
Además, la de los Benito Arribas es una de las 47 familias que ha recibido un 'empujoncito' de la consejería, que ofrece ayudas de hasta 2.000 euros (esa cuantía máxima es para los solicitantes como ellos, que se mueven con hijos) a quienes se trasladen de otras comunidades a una localidad de Castilla y León de menos de 20.000 habitantes.
Aunque lo solicitaron cuando alguien les habló de ello, con la decisión ya tomada, y son conscientes de que la cantidad «da para comprar un sofá», valoran positivamente que existan medidas así. El do de pecho de las administraciones que quieran atraer población, consideran, tiene que venir en materia de vivienda, porque en zonas rurales la oferta aún es «muy limitada». «Las casas disponibles necesitan una gran reforma, no se pueden alquilar, no están listas para entrar a vivir o pertenecen a ocho hijos», detalla Antonio. Por suerte, ellos se instalarán pronto en su 'nido' definitivo: el último paso para hacer oficial el sueño que tramitan desde la venta de su piso en Coslada.
Éxodo a Castilla y León: demanda creciente de ayudas para mudarse al campo
Según los datos ofrecidos por Familia, el tirón de las ayudas para mudarse al medio rural de Castilla y León -que ofrece entre mil y 2.000 euros para cada unidad familiar- va 'in crescendo'. Si 47 solicitantes ya se han movido con los suyos de otras autonomías a poblaciones de menos de 20.000 habitantes de la Comunidad, la convocatoria que se abrió el pasado abril contaba esta semana con 86 solicitudes, con lo que ya doblaría prácticamente el número de interesados. El presupuesto es de un millón de euros, aunque ampliable a cuatro si así lo exigiera la cantidad de peticiones.
Las 47 familias ya instaladas proceden mayoritariamente de Madrid (15), a la que seguiría Cataluña con siete peticiones, para dar paso a Islas Baleares y Andalucía (que dejan ir cuatro núcleos de emigrados en cada caso) y a las tres ayudas a familias de Comunidad Valenciana o Galicia. También han optado por el éxodo dentro del propio país un par de casos procedentes de Extremadura, Asturias y Castilla-La Mancha. País Vasco, Navarra, Aragón, Murcia y Canarias suman una familia cada una.
Los beneficiarios no pueden solicitar ayudas del programa Pasaporte de vuelta, al menos uno tiene que estar dado de alta en la Seguridad Social, los menores deben ser escolarizados en centros de Castilla y León y todos deben contar con tarjeta de Sacyl. Además, deben estar empadronados en la Comunidad, y permanecer en el domicilio al menos dos años.
Clara Rodríguez Miguélez

